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La sonrisa granadina de África

Una veintena de granadinos se integra en una ONG para ayudar a cientos de niños de Togo

NUNCA le des la mano a un médico forense», aconseja el refrán. Pero ya es tarde, porque el doctor Gilbert me ha tendido cordialmente la suya, y no puedo negarme. Ha terminado de hacer una autopsia a un cadáver abierto en canal sobre una mesa sucia y desvencijada. No importa; esbozo una sonrisa y olvido mis escrúpulos, porque estoy en Bénin, en el fondo de África, a 4.900 km de Granada. «¿Qué diablos hago yo aquí en esta morgue perdida de un país africano? ¿No hay suficiente con los dramas que nos muestra la televisión sobre Ruanda o Sudán? ¿No basta con las fotos de los que fallecen ahogados en el Atlántico, camino de Motril o de Canarias?».

De momento, sólo veo los desconchones de la Morgue, de formas irregulares y cambiantes. Me estoy mareando. Los frigoríficos de cadáveres siguen aturdiéndome horas después, entre la vigilia y el sueño en este coche-taxi. Es un viejo opel sin retrovisores que me lleva de Konotou a Lomé, de Benim a Togo. Tras dos horas en carretera tengo las piernas entumecidas, pues no queda un centímetro libre. Como sardinas en lata vamos siete pasajeros, dos de ellos en el asiento del copiloto. Los músculos se me están agarrotando, y por eso, cuando el conductor nos anuncia: «Bajen del coche. Nos hemos quedado sin gasolina» me parece un mensaje de liberación. En el arcén descubro los hierros retorcidos de lo que debió de ser un automóvil.

Salgo del coche para fotografiar este montón de herrumbre, glorioso resto de la tecnología occidental. «Aquí las máquinas dejan de funcionar cuando se agota el motor», bosteza un compañero. «O sea que no hay límites», le digo, con cierto temor por la avería. «Messie, los límites los pone la muerte, pero no se preocupe: saldremos de ésta».

Y efectivamente, aquí siempre salimos de todas. Puestos a pedir, la vida avanza en África desde hace siglos y el coche -tras un litro de gasolina- vuelve a correr. Quizá despacio... pero en pie.

En realidad África no es un continente de muertos, no es la morgue, no debe ser el drama de la televisión alimentada del eslogan las malas noticias son buenas noticias para la prensa. Pensar bajo la dictadura de estos conceptos sería incrementar el estereotipo. África no es un continente de muerte. África es un continente lleno de contrastes. Porque Bénin, Togo, Ghana y este inmenso mundo africano también rebosan entusiasmo, frescura y alegría de vivir. Aquí hay tiempo para todo, menos para la depresión y el estrés.

«¿Por qué siempre mostráis el lado más oscuro de África? ¿Por qué sólo dais noticias de guerras y de muertes?» me pregunta Luc, mi compañero de taxi. «Entre tantos extremos debe haber un medio ¿No cree?».

No más fútbol

En la selva de Bodjondè no existe el tiempo. Bajo la lluvia tropical la gente sonríe y luce sus mejores vestidos: verde esmeralda, azul cobalto, turquesa.... El rey del poblado nos espera con sus vestes amarillas sobre un claro de la selva. Sin embargo, no es ese «rey africano» de novela que imaginamos los europeos, con leones y doncellas a sus pies. El rey de Bodjondè, Koa, es un hombre sabio y sereno que sabe conciliar y gobernar a su pueblo. Está sentado sobre una silla de plástico, rodeado por unas 1.500 personas que aguardan impasibles. A su lado hay un político, con traje oscuro a la europea, chaqueta y corbata, que viene de Sotouboua y tiene un nombre impronunciable. ¿A quien esperan?

Ciertamente no esperan a Naomi Campbell, sino a diecisiete felices granadinos de la Fundación Takeli. Cuando llegan, el coro canta en francés el himno nacional de la República de Togo exaltando el «trabajo, la libertad y la patria». Koa estrecha las manos a los recién llegados. «Ahora ya no eres un extranjero europeo, sino un miembro de la familia africana», dice el rey. «Merci Granada», «Merci a la Fondation Takeli», rezan unas pancartas. «Viva la cooperation entre L'Espagne et le Togo», dice otro cartel.

Entre tanto gentío y pancartas se vislumbra lo irremediable: aquí también existe el fútbol. Sin saber que vive una total contradicción futbolística, un chico viste de camiseta blaugrana y pantalones blancos. Lo mejor es que porta un cartel: «Merci Club Deportivo Torremoya» (¿?). Como se ve, los ídolos locales -además de la Fundación Takeli- son los equipos europeos y la fotos estampadas de Adebayor, ese futbolista del Arsenal inglés y de la selección togolesa que, con 191 cm de altura, es capaz de morder a un león...

Así, ya sea por virtud o por defecto, el fútbol anima a los niños en África. «Todos corren tras un balón, como si en ello les fuera el paraíso», dice Rodrigo. Fernando Martín, un granadino dicharachero de Gabia viene con su mujer Julia, con la idea de dar acogida a un bebé. «Estamos tramitando la acogida temporal de un pequeño. Es otra forma de colaborar con Togo -nos dice este cooperante de la Fundación Takeli- pues intentar acoger a un niño es dar posibilidades de vida, pues sesenta de cada mil mueren al año en este país, especialmente por la insalubridad del agua. Por supuesto que nos gustaría que se facilitara el papeleo entre países. En eso estamos...». Y mientras Fernando busca su lugar entre la delegación granadina, el coro sigue cimbreando sus caderas.

Gratitud

Las pancartas se mantienen levantadas con los nombres de las empresas y de los cooperantes. «Merci Navarrete», «Merci Arreñano», «Merci Romero...» ¿Qué hacen nuestros nombres en un cartel? ¿Acaso somos políticos? «A los togoleses nos gusta dar las gracias. Tenemos pocas cosas, pero no podemos borrar el agradecimiento y el baile en nuestra cultura», dice Moïse, uno de ellos.

«La gente crece y vive feliz dignamente. Trabajan todos a una y se relacionan como una gran familia. No se ven caras tristes», señala contenta Isabel Molina. «Quizá es porque no tenemos tiempo de pensar en el futuro», señala Avalone, una adolescente, la quinta de seis hermanos.

Avalone lleva un hermoso velo azul sobre el pelo, recogido en trenzas. Cada día recorre dos kilómetros hasta llegar a la escuela que ha creado la Fundación Takeli. Mañana será su primer día del nuevo curso. Está contenta porque tendrá una cartera limpia y un pupitre donde sentarse.

Avalone sueña con venir un día a Europa: lo hace desde el día que falleció su padre cuando ella tenía seis años. Desea estudiar una carrera y traer dinero a su familia. «En África todos queremos ir al paraíso europeo». «Pero si el paraíso es esto», responde Ana llena de entusiasmo.

Según Eustaquio Moleón, «la inmigración debe resolverse también en el origen. Hay que invertir en el país para que la gente se quede. Hemos venido a Togo para ayudarles en su propio esfuerzo. No se trata de subvencionarles, sino de ofrecerles posibilidades a través de la educación y de algunas ayudas básicas. Pero serán ellos los que tendrán que salir adelante tras la creación de este colegio, los albergues, el pozo de agua y el dispensario médico. Queremos dar esperanza porque podemos dar y recibir esperanza».

Por eso, si usted también tiene esperanza, Welcome to África.
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